En el mes de Septiembre de 2009, previo a las elecciones presidenciales de diciembre, el candidato Eduardo Frei dio a conocer su programa de gobierno. Según él, uno de sus principales objetivos a perseguir como hipotético gobernante, sería ampliar la cobertura de los planes sociales a la “clase media”, es decir, darles acceso en condiciones equivalentes a los “sectores populares” en materias como salud, educación, vivienda y otras necesidades fundamentales.
Anterior a ello, en la carrera presidencial del año 2005, el candidato y empresario, Sebastián Piñera, hacía gala en sus discursos públicos, de su innegable pertenencia a la “clase media”. Él se sentía sumamente orgulloso de su pertenencia de clase, pues gracias al esfuerzo de su padre, un prominente empleado del sector público, pudo llegar a ser lo que era actualmente. Posterior a ello, y en relación a la crisis económica del binomio 2008-2009, su señora, Cecilia Morel, indicaba que les había golpeado fuerte la crisis –tal y como a cualquier familia de “clase media”–. Ya no tomaban Coca-Cola en la casa, aún cuando no era algo difícil de sobrellevar, pues estaban acostumbrados a hacer ese tipo de sacrificios. Rememoraba los tiempos en que sus hijos iban a la Universidad: obviamente iban en transporte público, y no en vehículo propio, algo que recalcaba “profundamente” su pertenencia a aquel sector social, permanentemente evocado por el discurso público y por los imaginarios colectivos.
Más atrás en la línea cronológica de nuestra historia reciente, en el año 1998, el publicista Marcelo Con Riera creó el ya mítico personaje “Faúndez”, un gásfiter proactivo y empeñoso, microempresario y trabajador por cuenta propia, que se transformó en uno de los íconos no sólo de la publicidad (fue incluso condecorado con el título de “hombre del año 1999”) , sino que también de lo que dentro del mismo medio denominaban como “clases medias emergentes”; era el vivo ejemplo del esfuerzo y del ‘poder ser’, un “self-made man” que había logrado su éxito en un modelo económico como el neoliberal y, más aún, en un período de crisis. Este éxito se coronaba con el símbolo de estatus de la época; el objeto del deseo de todo chileno con aspiraciones a “ser más”: un teléfono celular.
¿De qué estamos hablando o, más bien, qué es lo que están entendiendo cada uno de los personajes nombrados anteriormente por “clase media”? ¿Será acaso la clase media –como dice el asesor de Frei, Pablo Halperin– ese grupo tan heterogéneamente denominado como C2/C3 en la jerga publicitaria? ¿Será acaso la clase media, ese grupo de personas –tal como Piñera– que trabaja en el sector público (o bien desciende familiarmente de dichos trabajadores)? ¿O será esa clase media un grupo de emprendedores, no muy educados, pero sí ágiles y hábiles para adaptarse a las circunstancias macroeconómicas y, por tanto, sacarles el mayor provecho posible? ¿Qué es este grupo social y quiénes son estos sujetos que han complejizado tanto el análisis de nuestra sociedad?
No cabe duda de que la interpelación discursiva hacia un grupo social determinado ha sido un elemento corriente en la historia de Chile. En el siglo xix, hablar de sociedad, era hablar de oligarquía, ellos “eran” la sociedad. Posterior a ello, el proletariado se transforma en uno de los grupos predominantes en la discursividad social. En la dictadura se cambia el apelativo del pueblo a la “gente”, para denominar a quienes eran los receptores del discurso. Sin embargo, en los gobiernos de la concertación, dicha interpelación ha ido cambiando a través del tiempo. Desde el discurso dirigido al 50% de pobres existentes en 1990, se ha cambiado al 50% de “clase media” existente en la actualidad.
Sin embargo, dicha apleación al “ciudadano de a pie” es un tanto mentirosa. Se ha logrado subjetivar de tal manera el concepto de “clase media”, que cualquiera puede sentirse identificado con ella. Si lo pensamos desde el gobierno, clase media son los ciudadanos pertenecientes desde el segundo al cuarto quintil de ingresos, cosa que va desde los 250.000 pesos de ingreso (familiar) hasta los 900.000. Curiosamente, si pensamos las mediciones mas objetivas, la clase media es justamente el grupo social que comienza con ingresos desde 800.000 pesos hasta los 2.500.000. Es decir, dentro de dicho concepto, se está abarcando a toda la sociedad, desde un D, hasta un ABC1.
Todo lo anterior, en buena parte puede ser explicado por el crecimiento económico que se ha generado en chile desde 1990. Si observamos las cifras macroeconómicas, que muestran un aumento del PIB per cápita desde 2.500 dólares, en 1990, a unos 10.100 dólares en el 2008, en todos los ámbitos de la sociedad chilena hubo más dinero en las manos de sus poseedores, lo que no necesariamente signifique una mejoría sustantiva en sus condiciones económicas. Aquello se puede ver en la cantidad de dinero circulante (231.000 millones en 1990, a 2.400.000 millones). Sin embargo, con el solo hecho de sentirse con mayor cantidad de dinero, los individuos comienzan a sentir que ha mejorado su condición social (absoluta), siendo que solamente desde una perspectiva relativa –es decir comparándose a sí mismos y no comparándose con el resto de la sociedad– se puede decir que han mejorado sus condiciones de vida.
De hecho, si observamos una medición de la distribución del ingreso, como puede ser la medición por deciles, podemos observar que los cambios en la repartición de la riqueza han sido mínimos comparados con el crecimiento económico. O sea, a mayor cantidad de riqueza, las variaciones entre los distintos grupos sociales se han mantenido inalterables desde 1990. Ha sido un crecimiento relativo lo alcanzado por nuestro país en dicha materia, en la medida de que se van mejorando elementos materiales específicos (como el acceso a distintos bienes de consumo), pero en los elementos estructurales para una correcta repartición de los ingresos, esto se ha mantenido sin grandes variaciones.
Dados los antecedentes anteriores, cabe preguntarse nuevamente, ¿De qué clase media nos están hablando los candidatos? ¿De la clase media de Ñuñoa o la de Puente Alto o Maipú? Sin duda que utilizarlos discursivamente es una gran estrategia comunicacional para ganar adherentes –mal que mal, el 80% de los chilenos se autodenomina de “clase media” – pero en el momento de que tengan que cumplir sus promesas, nuevamente volverán las dicotomías. Tendrán que dejar de lado a quienes se autoreconocen como de “clase media” (y se han “ganado” dicho reconocimiento por otros), para nuevamente hacer una definición específica de dicho sector social, que convenga al gobierno de turno. No será extraño, entonces, que vaya cambiando dicho concepto a lo largo del próximo gobierno. Depende de los candidatos definir qué entienden ellos por clase media, y a quienes van a darle dichos beneficios.
super bueno!M